MATER ha vuelto a casa, a Pasaia, después de recorrer ocho puertos vascos en la octava edición de Zero Zabor Uretan. Hemos retirado más de 99.000 residuos del mar, hemos compartido cubierta con más de 2.000 personas y hecho más 100 actividades.

Los números están ahí, y son importantes. Pero si algo nos ha quedado de esta travesía es otra cosa: los momentos vivimos a bordo con las 22 personas voluntarias que desinteresadamante a puesto su trabajo y esfuerzo por la causa: una mar sana. Han venido de aquí cerca —Pasaia, Donostia, Bilbao, Tolosa, Ordizia— y de mucho más lejos —Sevilla, Madrid, Navarra, Urrugne, al otro lado de la muga— y hasta ha habido quien ha cruzado medio continente viniendo desde Italia. Todas ellas han sido una más en la tripulación ecoactiva de abordo por unos días.
Un detalle curioso
Antes de subir a bordo ya había habido varias formaciones online y otra más ya in situ, en la cubierta y poco antes de bailar, sí, sí, bailar, en este caso unos gigantes muy especiales para MATER: ZABOR; el monstruo de las basuras marinas y BIO, la red de la vida. Así se ha estrenado nuestro voluntariado nada más llegar a través de una marcha que anuncia por las calles la llegada del MATER a cada puerto y hacer reflexionar de un modo impactante y divertido sobre el sinsentido de nuestra sociedad del consumo.

El mar ha estado de nuestro lado y los partes se cumplieron con creces. Agua calmada, vientos agradables y biodiversidad abundantes. Delfines acompañando al barco, un banco de bonitos del norte cruzándose en el camino y, solo en aguas gipuzkoanas, 30 avistamientos de mola mola —ese pez luna gigante y un poco surrealista— a lo largo de toda la campaña. Hasta hemos avistado las temidas Carabelas Portuguesas (medusas) desde proa y alguna ha caído en la red de microplásticos.

Un poco de tripulación
En las navegaciones de puerto a puerto, el voluntariado ha ayudado como una mano más a bordo —turnos, tareas, y en más de una ocasión subir al puente de mando junto al capitán— sin llegar nunca a ser del todo tripulación pero sintiéndose parte de la misma. Esa distancia, quizá, era parte de lo bonito: acompañar de cerca sin dejar de ser quien había llegado de fuera unos días antes.
Comer con cabeza, comer sostenible
En la cocina, pequeña y calurosa en julio, se ha comido vegano y con producto de cercanía, comprado en la tienda amiga de cada puerto. Quien llegaba sin saber cocinar para más de dos, se iba sabiendo turnarse, improvisar con lo que había en la despensa del día y sacar comidas para toda la tripulación entre risas y prisas.
La compra tampoco la hemos hecho a la ligera. Tripulación y voluntariado la pensaban con cuidado en cada tienda amiga para generar el menor residuo posible, cargando a bordo tuppers, bolsas de tela, un carro de la compra y hasta tarros de cristal para no depender de un solo envase de un solo uso.
La gestión del agua también a servido de lección. A bordo es un recurso limitado, y aprender a administrarla —para lavar, para cocinar, para asearse— fue, sin que nadie lo planteara como tal, un curso acelerado de lo que significa cuidar recursos que en tierra damos por infinitos.
Euskara… Un idioma tan bonito como complicado
En puertos como Bermeo o Ondarroa por ejemplo, la sensibilización se topó con una barrera que no esperábamos del todo: el euskara. Voluntariado llegado de fuera intentando explicar por qué un microplástico tarda siglos en desaparecer, y el público respondiendo en euskara cerrado. La ironía no se nos escapó: veníamos a hablar de comunicación y cuidado del mar, y la primera barrera que tocó cuidar fue la del idioma.
Y dentro de esa incomunicación había una parte bonita, que se repitió puerto tras puerto: los y las peques, sin excepción, se dirigían primero en euskara a quien tenían delante. Daba igual que la voluntaria viniera de Cádiz y no entendiera una palabra: el primer saludo siempre llegaba en euskara, y entre gestos y sonrisas acababan entendiéndose igual.
De la preocupación a los datos
Casi todo el voluntariado ha llegado a bordo con una preocupación genérica por las basuras marinas. Se fue con algo más concreto: las manos metidas en una jornada de pesca de basura marina, clasificando residuo por residuo en la caracterización —una colilla, un envoltorio, un trozo de plástico— para alimentar bases de datos nacionales e internacionales. La preocupación se convirtió en dato, y el dato en argumento. Y así hasta llegar a 99.000. Un dato en este caso, más que preocupante.

Noches de cine y baños a todas horas
Con el calor de julio, el remedio ha sido meterse al agua en cualquier momento libre, con parada especial en Saturraran. Y al caer la tarde, cine a bordo y noches en cubierta, con el puerto de turno como telón de fondo.
Ocho ediciones después, seguimos pensando lo mismo: el mar no lo cuida un barco solo. Lo cuida quien sube a bordo sin conocernos de nada y se va sabiendo un poco más de lo que sabía al embarcar. Gracias a quienes este año se hicieron tripulación por unos días. MATER vuelve a puerto, pero lo que se ha aprendido a bordo se queda.













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